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foto: Raymond Depardon - SAN CLEMENTE (1980)

24 ago. 2008

Un siglo de luz de Cartier-Bresson

MADRID - EFE

Henri Cartier-Bresson nació el 22 de agosto de 1908, hace 100 años, con una capacidad inusual para la observación que volcó en la fotografía hasta tal punto que conocer su obra es sinónimo de conocer una parte de la historia gráfica del siglo XX.

Referirse a Cartier-Bresson es, ante todo, hacer una pausa en su concepto del "instante decisivo", con el que definió el momento exacto en el que se toma la foto, es decir, cuando "se alinea -en palabras suyas- la cabeza, el ojo y el corazón" para conseguir la instantánea, esa que no sería igual una milésima de segundo antes o después de que se hiciese clic.

Siempre con su Leica en la mano fotografió China, la India, México, hasta la Segunda Guerra Mundial -donde se creyó que incluso había fallecido- y fundó, junto a otras también leyendas del negativo, en 1947, la primera agencia de fotografía, el club selecto de Magnum.

También retrató a personajes de su época como Picasso, Matisse, Marie Curie, Edith Piaf, Fidel Castro y Ernesto Guevara y fue testigo de importantes acontecimientos del siglo XX como la Guerra Civil española o la muerte de Gandhi.

Sin embargo, si Cartier-Bresson volviese a tomar hoy su cámara tendría serias dificultades para hacer valer su tesis del instante decisivo o se las vería con complicadas normas jurídicas para poder tomar ciertas instantáneas.

Según algunos teóricos, el instante mágico ha muerto. La proliferación de la imagen digital es imparable y más dentro de la línea del fotoperiodismo que propulsó Cartier-Bresson, debido a la gran democratización de la principal herramienta, la cámara.

Esto, a su vez, ha conllevado que el momento decisivo cada vez sea más irrelevante, aunque les pese a los más puristas, ya que lo digital ha desactivado la cautela y la concentración del acto de fotografiar.

El "instante decisivo" ha pasado a ser editado de un vídeo o de la ráfaga de imágenes que toman los fotógrafos profesionales que trabajan con la libertad y la ventaja que otorga la ilimitada capacidad de los sistemas digitales.

Asimismo, si Cartier-Bresson levantase la cabeza tal vez vería que sus fotos no pueden volver a ser tomadas en Occidente, no por falta de medios obviamente ni de fotógrafos, sino por las limitaciones dictadas por la Justicia.

Tal vez sus retratos en blanco y negro de personas anónimas no puedan ser captadas ya en Occidente, salvo con un permiso previo del retratado, porque las reglas sociales han cambiado y ello ha llevado a que parte de la fotografía documental que el abanderó sólo sea posible en la actualidad en el Tercer Mundo.

A estos dos aspectos se suma la muerte lenta y silenciosa del proceso fotográfico de la labor ccon la que Cartier-Bresson, entre otros, consiguió unas tramas de grises en sus instantáneas que hasta la fecha tan sólo puede llegar a soñar el proceso digital.

Por todo ello, más que nunca conviene rememorar a Henri Cartier-Bresson, en aras de la calidad del acto fotográfico en una sociedad que hipervalora la imagen pero que, a su vez, juega al "todo vale" y que dicta sentencia sobre el derecho a la imagen.

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